Recorrer la calle enamorados con la angustia de que todo empieza a terminar, inmiscuirse en el parque mientras los rayos del sol superan las hojas y se confunden con unos varales más que deslumbrantes, adoquines funestos de San Jacinto bajo un sol correctivo, entrometerse en una autovía radiante para encaminarse hacia la carrera oficial, respirar en el Salvador una atmósfera sigilosa y muda a la vez, ver amanecer a las plantas de la Catedral el Viernes Santo, o abrazar a esa Rosa de Castilleja que consigue hacerte percibir que todo ha pasado.

Miles de momentos tiene una semana, montículos de vivencias se pueden acumular en un lapso tan raquítico de tiempo, puñados de emociones y sentimientos se consiguen palpar en esos instantes, pero si esa semana es la Semana Mayor: todo se magnifica.

Esa calle Caldereros de Bellavista que suspira por ver a su Virgen del Dulce Nombre cruzar el soportal de su templo, el final empieza a agonizar, 9 días quedan, 64 horas para recorrer 32 kilómetros perpetuos, con una familia, con «Santa Ana«.

Aceras rebosantes de gentío, que hace que cualquier músico añejo recuerde lo que está por venir, que hace que algún nuevo pero experimentado elemento de una formación bandística le vuelva a salir ese sudor frío de nervios previos a una actuación, pero en especial, que hace que los noveles en este mundo se estrenen y se le remuevan las entrañas al ver que el asfalto ha desaparecido, ahora solo queda la música.

207183_10150168152799091_5879933_nAmanece en Domingo, y no uno cualquiera, el Domingo del Porvenir, túnicas albinas, plata nívea, cielo que de manera inteligente se mantiene limpio y terso. Vagar por los jardines de la parroquia de San Sebastián, rozar con tu traje los respiraderos que codician estar ya en la calle, aguardar durante horas en cualquier rincón el ansiado momento de poder escuchar Nuestro Padre Jesús de la Victoria de José Manuel Mena Hervás que proclama que la Semana Mayor empieza de manera oficial, ¿y ahora?, ahora solo cabe esperar nuestro momento, el momento en el que suene al fin Virgen de la Paz del maestro Pedro Morales, pieza que cuando vuelva a sonar en estos jardines indicarán que la Paz ha sido repartida por Sevilla, dejando imponentes estampas; estampas como el paso por el rebosante Parque, sumergirse en el Postigo y adentrarse en esos balcones despampanantes de Arfe, recorrer la plaza del Triunfo, callejear por Miguel Mañara, para adentrarse en un momento seductor, la llegada a la Torre Sur, pocos términos o expresiones se pueden anexionar a este momento.

210219_10150174805561721_7699001_oLunes, de Salud, lunes tostados, tostados por un sol que cae con condena pero que se hace llevadero por la fragancia de azahar, un puente que te reclama, una Sevilla que te espera, una calle Rioja que nunca defrauda, El Baratillo que te suplica, el puente que te reclamaba ahora te empuja a Triana, una Triana que te espera con sus adoquines en San Jacinto, para llegar al Tardón, ese barrio que ha desaparecido en la noche opaca del lunes santo, y que solo ilumina nuestra Salud, ese barrio que reposa en silencio los últimos momentos de esta jornada cofrade, ese barrio que se despide de su Salud un año más.

Pasión es sinónimo de Martes, Pasión es decir proximidad, Pasión es «jugar en casa». Atravesar travesías interminables y desembocar en un cruce de una carretera nacional es contrarrestado por unos paseos rebosantes de «nazarenos» que abrigan a Pasión y Amparo hasta que los últimos segundos de su recorrido se agoten, dejando estampas en las horas intermedias que como miembros privilegiados de este cortejo se pueden vivir; Suena A ti… Manué de Juan José Puntas Fernández en el callejón, transcurrir por los aledaños del domicilio del maestro Fulgencio Morón con el señorío y delicadeza que desprende «Santa Ana» interpretanto composiciones de puño y letra del propio maestro.

reglaMiércoles de los Panaderos, miércoles de serenidad, miércoles de calles ceñidas, noche cerrada de encanto por un centro de Sevilla que observará pasear esa candelería que sigue el rastro de un paso de misterio tras despedirse de esa Orfila que rebosa gentío haciendo imposible cualquier movimiento de pestañas posible. Calle Francos infranqueable, Chapineros empequeñecida, un Salvador enmudecido que te espera con respeto tras un paso que se desliza por la clara noche sevillana, una Cuna infinita que asusta.

Jueves Santo, día de reflexión, jornada de descanso, entreacto de la semana, recorrido de pensamientos, momento de asimilar lo sucedido, pero en especial lo que queda por suceder, hemisferio realizado y otro por empezar de la Semana Grande, un centro del recorrido duro de asimilar. Nervio, inquietud, serenidad, excitación, morriña, esperanza, miedo, melancolía, pero en especial reposo, y sinceramente, necesario tras horas en la calle. Hora de cenar, aunque sin apetencia por los sentimientos que empiezan a fluir en nosotros, muchos delineados por cualquier diccionario, aunque algunos que nunca conseguiré encontrar en esas sabias páginas.

Llega la noche, el respeto, la promesa, el optimismo, llega la Madrugá:

Recuerdo como si hubiese sido hace cinco minutos la primera vez que me monté en el autobús para ir a tocar a la Esperanza de Triana. Llovía, llovía mucho…

En el llamador iban cayendo las noticias y dolían más que la propia lluvia. El Silencio no sale, el Gran Poder tampoco… La Macarena va a esperar…

Antonio Lozano 

Anclados en el Altozano, fotografías de un recuerdo que se repite año tras año singular y único a su vez; inquietud por vivir lo que sucede a continuación que aunque ya por todos es conocido, sorprende al más añejo y trasnochado músico; tambores en ordinario, paso en firme, trajes abrochados, inquietud en los inexpertos, túnel entre el gentío y la noche, es la hora.

Me sentía nerviosa, intranquila, tanto que no conseguía mantener el instrumento sobre mis labios, solo podía sonreír. Gente alabando, aclamando tanto a «Santa Ana» como a la Esperanza, transformando esa noche en única del año.

Isabel Pérez

Una Pureza opaca por la luna enmudecida, una caterva que reza por ese momento del amanecer durante la Madrugá, y en Triana amanece, amanece bajo un aguacero de pétalos incansables, esto es Triana.

La salida, ¡qué salida!, su paso por la calle Pureza.

Momentos previos de mucha tensión, silencio y nerviosismo, momentos especiales y emotivos observando el rostro de la muchedumbre que allí esperaba su paso.

Sentimientos, aplausos, petaladas, gritos eufóricos… solo recordarlo se me pone la piel de gallina. Lo que se vive en Pureza cada año es único, mágico e indescriptible.

Dario Flores

Desembocar en el Altozano, contemplar ese mar de personas que ansían nuestra llegada, ¡y sí!, digo «nuestra», la de la Esperanza de Triana al completo, con su banda de música.

La nostalgia y la música de La Esperanza de Triana me trasladan a aquella primera madrugá de la Banda de Música de Dos Hermanas «Santa Ana» acompañando a la Esperanza en su pasar bajo la lluvia de pétalos por la calle Pureza.

Fue la primera madrugá, la primera vez que vivía ese sentimiento tan trianero. Y es que sí, es algo especial, y las palabras se quedan cortas para describir, aún hoy por hoy lo que sentí. Emoción, devoción, disfrute de tanto sentimiento.

Una estampa que siempre llevaré conmigo.

Elena Díaz

1930559_1574878539492290_402952719892660924_nMomentos de empujones, risas, tensión, moderación, momentos en los que todos ansiamos tener a nuestro lado a un Heberto que transmite pasión, bonanza, placidez y serenidad más que necesarias para abandonar Triana y adentrarse en Sevilla.

Momentos dulces, instantes para olvidar, recuerdos emotivos, trances dolorosos, carreras inesperadas, avalanchas fortuitas, pánico entre el tumulto, ha llegado la hora de acallar a las fieras, de disuadir el miedo, es la hora de sonar, tocar como nunca, aplacar a la multitud de la mejor manera, con música, y solo así lo saben hacer la Sociedad Filarmónica Nuestra Señora del Carmen de Salteras y la Banda de Música de Dos Hermanas «Santa Ana», con ese señorío que les caracteriza, experimentadas en estos lares, hermanas de la madrugá, amigos en los bares, compañeros en la distancia.

Amanece en la catedral, cansancio en los ojos, el Postigo y el Baratillo nos espera, y aunque recuerdos hayan mil, permitan que alguno lo siga guardando bajo la llave de esa noche mágica que he conseguido vivir años y años.

Parece que todo ha terminado, vemos el punto donde todo comenzó parece ser hace unos años, El Altozano, aunque un mar de semejantes nos dan a ver, que la situación vivida hace unas horas, va a volver a repetirse. La Estrella en el día nos espera.

¿Qué tendrás madre mía, que cuando pasaba tocando, Sevilla se te quedaba llorando, rezando, mirando tu manto y no tengo fotos de recuerdos para consolarlas?

¡Y lo entendí!, cuando te diste la vuelta en San Jacinto y me clavaste tu mirada. No hay música para tu llanto, ni para el amor de tu mirada.

Felipe Sigüenza

Calles de recovecos, pasadizos soleados, callejones ansiosos de vernos pasar, está llegando todo a su fin.

Y pasó, llegó a Pureza, la hora de despedirse, una madrugá a sus plantas después de saborear cada minuto, convirtiendo en verso cada nota, transmitiendo la fuerza de la Esperanza sobre el vibrato de mi flautín bajo la mirada atónita de sus devotos que rezan con sones melodiosos al compás de su música, su banda, Santa Ana.

No me es difícil recordar cada momento (igual pero diferente) de estos años tras la Reina Madre de Triana y Sevilla, pero lo que si es cierto es que todos tenemos algún momento especial, favorito, sentimental, el cual se clava en el corazón y rompe en lágrimas de alegría.

Juan Manuel Rodríguez Ávila
Interpretando «Reina de Triana» en la calle Pureza

Suena el martillo, a pocos metros de la Capilla, Juanma, el capataz, llama a sus hermanos costaleros, por Ella, por Triana. Se estremece Pureza. Levantá maestra con cabellos de pétalos que se deslizan sobre el viento mientras el palio y las bambalinas se cuadran en el aire. Redoblan los tambores y anuncian los platillos, suena «Reina de Triana». Envuelto en un aura de alegría el paso de palio comienza a girar a las puertas de la Capilla, se presiente la dulce mirada que nos espera tras su manto. Con un fuerte de metales contundente se mecen las bambalinas entre varales y rezos de esperanza. Al fin llegó el momento, frente a Ella. Santa Ana contempla su belleza, única, sencilla. Su dorado palio, brillante como el sol, le da cobijo y tras la débil cera desgastada por la penitencia de la madrugá rezamos haciendo música mientras la mirada eterna de esperanza se pierde al cuadrar el paso gracias al tímido andar de sus costaleros. Un último suspiro se apodera de mi y Triana enmudece. Suena el tamboril y fluyen las notas de un flautín que corta el viento mientras toda la atención y sentimientos a flor de piel desembocan en un minuto de paz, donde todos piden salud. Triana reza por el bienestar y fe que los lleva a la gloria un año más con repiques de alegría tras un sueño que parece llegar a su fin pero aún queda un último aliento cuando sin descanso alguno, la banda entona con más fuerza que nunca su himno, «Esperanza de Triana Coronada» con la que perdemos de vista la maravillosa imagen que queda cual espejismo grabada en nuestro corazón.

Desde aquel momento aprendí que la música es la mejor manera de rezarle a la Esperanza, lo que nunca se pierde, lo que nos recuerda quienes somos, la fuerza del día a día y la respuesta a todas nuestras preguntas. ¡Que suene Santa Ana!

Juan Manuel Rodríguez (Rodavila)

18422303_10209459718229367_3828677425391530835_oIncontables vivencias, abundantes amistades, infinitas estampas que siempre he recordado, y que a mucho pesar de algunos, siempre recordaré. 14 años han sido con «Santa Ana», tiempos de andar, lapsos de reír, intervalos de barbacoas, espacios de probar alguna que otra hamburguesa en lugares que más vale no llegar a conocer nunca, pero en especial, períodos de mucho compañerismo, momentos que anhelo hora tras hora desde que hace más de una década, este grupo humano decidió que yo formase parte de esta gran familia.

Bajo una capa protectora de mitos se habrá querido negar la existencia del fenómeno o cuestionar su carácter de problema social. Creencias falsas, que a fuerza de repetirse han ganado arraigo en la colectividad y se han extendido en el imaginario social, pero tal y como toda la vida se ha dicho en mi tierra: LOS TRAPOS SUCIOS SE LAVAN EN CASA. Y aunque muchos curiosos habrán leído estas líneas únicamente por ese rótulo que da nombre a mis vivencias, tal vez haya conseguido reflejar el sentimiento que esta familia transfiere a todos y cada uno de los miembros actuales, pasados y futuros que pasarán por ella.

«Haberlas, las habrá», pero con la mano en el corazón diré: no se me ocurre mejor familia donde pasar la semana mayor, esa que ya terminó, y que ansía ese miércoles de ceniza que aún falta por llegar y que anuncia que todo empieza otra vez a terminar.

Vicent Cerdà i Peris, septiembre de 2018

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